Nos vamos a la ciudad que nunca duerme, escuchamos decir a un conocido, como también aceptamos las palabras del impertérrito locutor de radio o asimilamos las voces cautivas de su propio eco en las mismísimas entrañas de la reina del salón, la blasfema televisión. Qué quieren que les diga amigos, amigas, si me permitís la osadía de catalogaros de este modo tan deshonesto, tan pueril como las preguntas de la madrastra a un espejo que nunca aprendió a mentir. Quizás exista dicha ciudad, Nueva York, anclada en el oasis de las luces y sombras, artificiales eso sí, más pendiente de que no se le corra el rímel que de mantener despiertos a los caníbales de la ciudad.
En la columna vertebral del almacén principal que abastece a los transeúntes neoyorkinos (¿sólo los neoyorkinos? No, creo que no) por la noche, en Mexico DF, la compleja realidad se torna dispar; a veces vulgar, otras, en cambio, somnolienta. Bajo la fumata blanca de la ciudad, causada por la polución o por la constante juerga vip de los ángeles en el reino de los dioses, quién sabe, sus gentes habitan en calma, como pueden o les dejan eso sí. Caminan sin aparente rumbo fijo hasta adentrarse en las profundidades del subsuelo, allá donde lucifer juega al escondite, o al mus, según el número de acompañantes. Los guardianes de las catacumbas ejercen de anfitriones, distantes, a veces condescendientes. Agachar la cabeza a nuestro encuentro, en forma de reverencia, causa placer, alimenta la hoguera del ego que nunca se debe dejar apagar. Recuerden la norma, el único elemento capaz de renacer de las cenizas es un ave, el ave fénix; es mejor contentar a los guardianes y así no comprobar su mutación cargados de furiosa cólera que cosa nuestro estómago de frío acero, con aguja candente.
Al traspasar las puertas del vagón de las pesadillas, las serpientes de la bandera mexicana se descuelgan del techo hasta erigirse en doncellas de la muerte. Su baile, sensual, macabro, insinuante, mortal, traslada las almas de los cuerpos que antes brotaban vida a un vagón diferente, a determinar dentro de la oscuridad existente en el pozo de los condenados. Los huesos, músculos, cartílagos, no; toda esa masa que con determinados impulsos cerebrales sirven para dudosas acciones, no; eso se queda donde estaba, pegados al asiento o a la barra de striptease. De pronto todo es silencio y es cuando se puede escuchar la afonía de la ciudad, si es que eso es posible.
Cuando las víboras se contraen a raíz del instinto que las hace estar alerta ante el peligro, esto es, cuando el convoy se predispone a hacer escala en el andén de la estación, todo vuelve a la normalidad. Ellas, de nuevo aunque en sentido inverso, serpentean las paredes hasta ocultarse por los resquicios que dejan unas ventanas semiabiertas para rastrear los despojos de oxígeno que hacen posible la vida allá abajo.
Al detenerse el vagón por completo, la dualidad entre la vida y la muerte se contrae, para dilatarse después al coger velocidad de nuevo. El ciclo de la cordura y los sueños se renueva, el ciclo de la vida y la muerte se regenera.



0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada
Yo escribo, tú lees. Tú escribes, yo respondo. ¡Dialoguemos!