
Era pequeño y en la comida familiar de Navidad mis tíos me preguntaban a ver qué quería ser de mayor. Mis padres, deslenguados donde los haya, soltaban que yo quería ser ciclista; con mi consiguiente enfado, y vergüenza posterior, por haber revelado mi gran secreto.
"Anda, como Miguelón" -decían entre risas mientras me zarandeaban la cabeza. La idea estaba ahí pero mucho debían de cambiar las cosas para llegar a ser un ciclista profesional. Más, si cabe, cuando mi afición, como la de la inmensa mayoría de los chavales, era el fútbol. Eran cosas de la edad, y de la época en la que me tocó vivir.
Lo recuerdo como si fuera ayer. Cabalgando a galope en la bicicleta que me regalaron por mi comunión (farsa social basada en los regalos, al igual que las bodas), batía a todos mis contrincantes en la contrareloj. No había repechos en la manzana, a lo sumo había que esquivar a los viandantes y a aquel anciano ciego que salía a pasear todas las mañanas, bastón en mano, con sus azules ojos encendidos a modo de faros diurnos. Para dotar de mayor realismo la carrera, con la intención, quizás, de meterme en el papel, daba tragos de agua del botellín que portaba en el cuadro de la bici antes de la recta definitiva. El último esfuerzo bien lo merecía. Siguiendo las imitaciones, porque como mejor aprende un niño es imitando lo que ve, y en mi caso me pegaba al televisor en cada retransmisión de ciclismo, dejaba de dar la última pedalada en el sprint final. Si el mejor contrarelojista de todos los tiempos lo hacía, sería por algo. Yo, desde luego, practicaba con ahínco esa técnica depurada.
Era el año 1991. Clave en mi educación. En aquella mítica etapa de Val Louron, Claudio Chiappucci y Miguel Indurain demarraron en una escalofriante bajada para aguantar estoicamente los envites de sus perseguidores hasta la llegada a meta. No fue el día en el que el de Villava se enfundó el maillot amarillo para no volverlo a soltar en 5 años. Esa tarde fue el día en el que aprendí el significado de la solidaridad, del trabajo en equipo a pesar de pertenecer a dos conjuntos diferentes. Ganó el compañerismo al dejarle ganar la etapa al italiano por haberle ayudado a conseguir el liderato, como también hizo lo propio, a pesar de ser el más fuerte aquel día, en el mundial de ruta de 1995 al controlar a Pantani y compañía para que Abraham Olano consiguiera el maillot de arco iris con la rueda trasera pinchada al cruzar la meta.
Era el año 1994 y de la mano de mi padre, al que nunca llegué a decirle lo mucho que supuso para mí ese día, veía desde la grada impaciente, con la visera negra de Banesto que el gran campeón lucía en los podios, la lucha titánica de Miguel contra sí mismo y contra las agujas del reloj. Aquel día batió el récord de la hora en Burdeos, con una velocidad para quitarse el sombrero: ¡53,040 km/h!
Era el año 1996, el año donde una de las etapas del tour finalizaba en mi tierra, en Pamplona. La expectación era máxima y la desilusión fue grande al no ver los 1,88 metros de altura del ilustre navarro entre los escapados. Aquel fatídico año el danés Bjarne Riis se aupó al primer puesto de la general del tour, dejando con la miel en los labios el récord que hubiera supuesto ganar 6 tours consecutivos, sobrepasando a leyendas como Anquetil, Hinault y Merckx. Todo se fue al garete y yo le eché la culpa a ese señor calvo que blandía espesas babas blancas en las carreras. ¡Si parecía un abuelo!
Creía en este deporte. Lo disfrutaba sobremanera. Antes hubo escandalosos casos del dopaje internacional, como el famoso "caso Festina" o el "caso Mapei". Yo seguía mirando a otro lado, enganchado a la televisión en la sobremesa del mes de Julio. Sin embargo, cuando en el 2007 aquel ogro danés admitió haberse dopado, el mundo se hizo añicos bajo mis pies. Pensándolo bien, antes habían salpicado a Lemond, Fignon, Bugno, Pantani y un largo etcétera pero que le birlaran el sexto tour a Indurain con trampas me jodía. Y mucho.
Lamentablemente, el caso del dopaje no es algo nuevo. De hecho, es tan antiguo como el ciclismo en sí, con incidentes que se remontan al siglo XIX. Podéis echar un ojo a este
listado con todos los casos de dopaje (supuestos o confirmados) en la historia de este deporte. Todos los ganadores de las grandes vueltas acaban salpicados por el escándalo, prueba de ello es el último caso sonado del de Pinto, Alberto Contador. No obstante, siempre podré hablar con orgullo de mi héroe, el mismo que doblaba 2 veces al año a Claudio Chiappucci con su "Espada". El de Villava, el gran Miguel Indurain, convertido ahora en embajador del Reyno Gourmet.
Así seguirá siendo hasta que lea en el periódico una noticia con el titular de "El día en el que Miguel Indurain admitió haberse dopado".