La figura del educador, de nuestro educador, muda de piel según nuestros intereses. A veces ese trabajo recae en los hombros de los profesores y otras, en cambio, la televisión o la prensa escrita toma el relevo de unos padres que se ven desbordados.
¿Acaso estamos preparados alguna vez para traer al mundo a un nuevo retoño? La respuesta es desconocida para mí, todavía no me he enfrentado a dicha osadía.
Cuando estás en la edad del pavo, cuando todavía ignoras si te gusta la carne o el pescado, cuando los granos de color blanco lechoso se atrincheran en tu rostro, debes tomar una decisión; y no una cualquiera. Debes elegir un oficio, ya sea ejercitando los codos continuando con los libros de texto durante una década más (sí, amigos, después del bachiller viene la universidad y después de ella os espera un máster y otro más) o bien escapar a un mundo laboral convirtiéndote en una presa fácil de aniquilar.
El ritual fúnebre es siempre el mismo. El aspecto del enterrador, que casualidades de la léxica rima con orientador, es tenebroso. Su pregón comienza con pesimismo, le sigue un diálogo de desánimo y continúa con la decepción en sus ojos. Del sistema, de su trabajo, de su incapacidad para formularnos una única pregunta en vez de alabar las carreras con mejores salidas profesionales.
¿Qué te gusta hacer?
La realidad, la triste realidad, es que él no tiene la culpa. Tampoco nuestros padres. Ni siquiera la rimbombante caja cuadrada que adorna nuestro salón. El problema lo tenemos nosotros. No sabemos escuchar nuestros deseos y no lo hacemos porque sucumbimos ante la desesperanza, convertida en espiral, de nuestro entorno. Nos hacemos mayores y nos olvidamos de que una vez fuimos niños; justamente una época, la niñez, en la que no temíamos equivocarnos ni enfrentarnos al fracaso.
¿Por qué?
Porque hacíamos lo que nos gustaba sin pensar si alguna vez nos serviría en el futuro. Éramos creativos, fuera dentro de las cuatro paredes de un colegio o fuera en medio de un bosque encantado. No le teníamos miedo al mañana pero llegó un punto crítico en el que nos talaron esa habilidad de raíz. Tampoco nos quejamos en aquel instante. Menos aún ahora.
"La creatividad se aprende igual que se aprende a leer". Esta frase es de Ken Robinson, un invitado de lujo para una entrevista realizada por Eduard Punset en su programa Redes.
Os dejo con "Todos tenemos la capacidad de ser creativos". Su visionado os llevará media hora de vuestra vida para, que de forma pasiva, penséis en qué lugar os encontráis. Para recapacitar si vuestras elecciones y acciones han seguido vuestros intereses más elementales.
Cuando estás en la edad del pavo, cuando todavía ignoras si te gusta la carne o el pescado, cuando los granos de color blanco lechoso se atrincheran en tu rostro, debes tomar una decisión; y no una cualquiera. Debes elegir un oficio, ya sea ejercitando los codos continuando con los libros de texto durante una década más (sí, amigos, después del bachiller viene la universidad y después de ella os espera un máster y otro más) o bien escapar a un mundo laboral convirtiéndote en una presa fácil de aniquilar.
El ritual fúnebre es siempre el mismo. El aspecto del enterrador, que casualidades de la léxica rima con orientador, es tenebroso. Su pregón comienza con pesimismo, le sigue un diálogo de desánimo y continúa con la decepción en sus ojos. Del sistema, de su trabajo, de su incapacidad para formularnos una única pregunta en vez de alabar las carreras con mejores salidas profesionales.
¿Qué te gusta hacer?
La realidad, la triste realidad, es que él no tiene la culpa. Tampoco nuestros padres. Ni siquiera la rimbombante caja cuadrada que adorna nuestro salón. El problema lo tenemos nosotros. No sabemos escuchar nuestros deseos y no lo hacemos porque sucumbimos ante la desesperanza, convertida en espiral, de nuestro entorno. Nos hacemos mayores y nos olvidamos de que una vez fuimos niños; justamente una época, la niñez, en la que no temíamos equivocarnos ni enfrentarnos al fracaso.
¿Por qué?
Porque hacíamos lo que nos gustaba sin pensar si alguna vez nos serviría en el futuro. Éramos creativos, fuera dentro de las cuatro paredes de un colegio o fuera en medio de un bosque encantado. No le teníamos miedo al mañana pero llegó un punto crítico en el que nos talaron esa habilidad de raíz. Tampoco nos quejamos en aquel instante. Menos aún ahora.
"La creatividad se aprende igual que se aprende a leer". Esta frase es de Ken Robinson, un invitado de lujo para una entrevista realizada por Eduard Punset en su programa Redes.
Os dejo con "Todos tenemos la capacidad de ser creativos". Su visionado os llevará media hora de vuestra vida para, que de forma pasiva, penséis en qué lugar os encontráis. Para recapacitar si vuestras elecciones y acciones han seguido vuestros intereses más elementales.
Al finalizar el vídeo os aparecerá la segunda parte. Si, por el contrario, queréis ver el programa de una vez, podéis pinchar aquí.
Fotografía | Florencia Díaz Fazi
Fotografía | Florencia Díaz Fazi



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