Miremos donde miremos hay clases y clases. Nacemos sin elegir a cuál pertenecemos y, salvo contadas excepciones, vemos esparcidas nuestras cenizas en la misma ciénaga donde abrimos los ojos por primera vez. Unos mandan, otros tienen el poder; algunos reinan, otros vitorean como vasallos y los hay quienes determinan el valor de la vida humana. ¿Cuánto dinero cuesta?
No nos cansamos de repetir que no nos venderíamos por dinero pero ahí están los políticos, los jueces o los directores de los medios de comunicación para llevarnos la contraria. Hace poco leí en algún lugar de este universo paralelo llamado nube una pregunta infinita. La llamo así porque hallar su respuesta nos requeriría ese tiempo indefinido. Decía así: ¿cuándo deja un grano de arena en dejar de ser un grano y convertirse en un montón de arena?
El soborno actúa igual. Escondes la mano en el bolsillo de un traje lleno de remiendos y al ser ofrecido el primer euro niegas con la cabeza. Con el segundo euro te sientes halagado y al mostrarnos el tercero, en cambio, al levantar nuestra ceja evidenciamos enfado. Es un insulto, ¿acaso no valemos algo más? Cuando bailan los ceros sin estar detrás de una incómoda coma sino a la espalda de un punto es otro cantar. Pierdes la noción del valor de las cosas, de tu vida y la de los demás y acabas destapando el momento en el que el grano de arena se ha convertido en un desierto. Extiendes la mano y te vas.
En Japón se está viviendo otra realidad, la de una molesta ciudad que debería haber sido sepultada por el tsunami para evitar migrañas a las autoridades. El desastre nuclear en Fukushima va más allá de lo que hemos vivido hasta ahora y la respuesta civilizada del gobierno para con las víctimas es ejemplar. Muestra su indiferencia que, por lo visto, es todo el trato de favor que son capaces de dar. Come, reza, ama. Y jódete, faltaría añadir.
Al igual que todos somos insobornables, también es cierto que todos somos solidarios... hasta que la mierda nos salpica. A nadie le gusta bañarse en un mar de heces hediondas y el que diga que sí, el que lo afirme levantando su mano con las uñas recién cortadas, se estará mintiendo a sí mismo.
Nosotros vivimos aquí y ellos allá. Una putada, una gran cagada. Sentimos lástima por ellos y asco por quienes les dejan morir lentamente de incertidumbre radioactiva. No obstante, si tan solidarios nos hacemos llamar, ¿cambiaríamos nuestras casas por las suyas? No.
La mierda apesta y nadie la quiere consigo. Es más fácil tirar de la cadena.
Fotografía | Ecología Verde



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