jueves, 14 de julio de 2011

Siempre nos quedará Incubus para estar juntos


Los círculos no entienden de vértices. Los triángulos tampoco. No, al menos, los musicales.

Ojalá estuvierais aquí. Tres palabras, otro triángulo de intenciones tras traducir del inglés sus cinco monosílabos. Recuerdos que navegan cruzando un mar de nostalgia, de épocas pasadas, de encuentros que están por llegar. Un clavo ardiendo al que aferrarnos cuando algo merece ser compartido. Con tu gente, con la que has vivido buenos y malos momentos, con quienes has sentido que puedes contar cuando no atraviesas tu mejor racha.

De eso trata la vida. De caminar descalzo, sobre un alambre, con la incertidumbre de no conocer qué se esconde al otro lado.

Enciendes el reproductor con tentación, acoplas los auriculares a tu sien y ajustas el volumen hasta hacerlo cálido, tenue como la luz de la luna que aúlla de madrugada. Las melodías de una voz en off te guían cogiéndote de la mano, el golpe seco de la batería escapa de una guitarra que va a lo suyo en segundo plano y el bajo, tímido, apuntala con sus púas un instante mágico, efímero. 

Cierras los ojos. Estás ahí, de pie, con quien descubriste un nuevo mundo; y también con él, con quien compartiste todo de renacuajo, a quien no pudiste abrazar en su día más triste. Sonríes. Te fundes con ellos en uno solo. Sonreímos. La emoción levanta los pelos de una piel que tirita como una gallina, o como alguien que tiene frío, o como alguien que siente una punzada de melancolía cruzarse con otra de entusiasmo.

El concierto ha comenzado de nuevo. Mismo lugar, diferentes canciones, misma compañía. Saboreas los inesperados skratches sin dejar de masticarlos, haciéndote a la idea de que esta vez el fantasma ha llamado a tu puerta con ritmos más pausados.

No se echan de menos las estrofas conocidas porque no estás solo. Estás acompañado y no encuentras necesidad de gritarle al mundo aquello de ojalá estuvierais aquí. No hace falta gastar fuerzas, es mejor ahorrarlas para cuando haya que brindar por la vida. Juntos.

Abres los ojos. Ahora feliz, más feliz que antes. Sabes que, aunque tus acompañantes se hayan esfumado en tu vigilia, te los volverás a encontrar cuando las pestañas plieguen la persiana hasta el día de mañana. Gracias, gracias por hacerme sentir vivo, por la posibilidad de reencontrarme con ellos.

Si no es ahora, ¿cuándo?

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