La muerte aúlla desde la penumbra, tímida, con la mirada perdida en la oscuridad para llamar nuestra atención. En la claridad de una nueva vida, en la otra esquina, un bebé somnoliento llora desconsoladamente al enfrentarse por primera vez a lo desconocido.
Unos vienen, otros se van y, entre medio, estamos los demás, sin saber exactamente a dónde tenemos que ir. Desorientados.
Mi caso es simple, tremendamente simple y, a la vez, complejo, indescriptible, lleno de baches por el camino. Un camino, no lo olvidemos, que todos debemos recorrer desde ese primer abrazo que recibimos de nuestra madre, con el cordón umbilical todavía tirando de ella, hasta ese momento en el que nos apagan la luz de golpe y con ella la respiración.
El trayecto entre estos dos puntos no siempre está asfaltado. Las caricias y el afecto se funden con un traumático dolor en el pecho; de incertidumbre, de malentendidos, de cobardía, de valentía. Porque, sentir dolor no siempre es malo. Es más, a veces es lo único que nos hace sentir vivos. Queridos.
Los obstáculos se suceden en una carrera de fondo. No todos somos deportistas, ni tampoco hemos nacido sabiendo cuáles son nuestras habilidades. Es normal, no nos han enseñado a hacerlo y nosotros ni siquiera hemos demostrado inquietud en aprenderlo.
Vagar sin aparente sentido por la calle a veces es necesario. No tiene mucha lógica pero si nos miramos el ombligo veremos que nuestra existencia anda igual de coja. Sabemos que nacemos para morir pero desconocemos qué es lo que debemos hacer mientras tanto. ¿Esperar? ¿Imitar la corriente marcada por la sociedad, por nuestros familiares y amigos? La vida va deprisa, muy deprisa. Intentamos seguirla y hasta que no comprendemos que no merece la pena acosarla no somos libres. Ella es la que nos debe rastrear, no nosotros. Porque el mañana nos pondrá en nuestro sitio, nunca antes.
Derramar una lágrima no implica ser vulnerable, no significa que tras ella se esconda un culpable. Nos enseña a escuchar nuestro interior, a ser más fuertes cuando nuestras rodillas se tambalean a causa del tiritar de nuestra apatía. Las decisiones importantes dejan de serlo en el momento que las tomamos. Pasan a ser parte de nuestro cuerpo, una extensión de nuestras extremidades que hay que saber mirar con orgullo a través del espejo.
No debemos tener prisa por hallar las respuestas a nuestras dudas. El único requisito es dejar abierta la puerta de nuestra mente porque, en la mayoría de las ocasiones, hace falta olvidarse de los problemas para despejar la incógnita de la ecuación.
Vine al mundo hace muchas primaveras y me iré de él cuando tenga que irme. Preso de la vida sin sentido del ser humano, ¿qué haré dentro de la gran elipsis? Disfrutar, intentar ser feliz, saltar, gritar, correr... escoger mi propio camino, el de escritor. Sentirme orgulloso de mis decisiones del pasado. Luchando.
fotografía | psicoblog



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