Caminando el otro día rumbo a mi acogedora oficina de trabajo, la biblioteca, me topé con un tipo cuya mirada se partía en dos. En estos casos uno no sabe muy bien cómo actuar, pues nunca se sabe cuál de los dos ojos es el bueno en un bizco. Yo deambulaba absorto, con la música de mi mp3 despertando mis ojeras a primera hora de la mañana. Tras accionar el limpiaparabrisas en mis párpados, eché el freno y me detuve.
Estaba frente a un hombre de mediana edad, de frondosa barba aunque bien cuidada, con un par de faros que iluminaban las dos diagonales de la intersección. En su mano se distinguía una misiva envuelta en un vestido de novia, liberada de su prisión de papel. Sus palabras se saltaron el semáforo en rojo y, a borbotones, trató de indicarme qué es lo que necesitaba de otro fantoche como yo.
El remitente de la circular era un banco, mal empezamos me dije, así que comencé a recitarle el soneto imaginándome su previsible cara de poema. Falsa alarma, no hubo heridos en el pregón y la ambulancia no necesitó salir en su auxilio. Estás de suerte camarada, adiós muy buenas, le dije, y le di una cómplice palmada en el hombro. Él me la devolvió, con un parche mirando para Cuenca y el otro, agradecido, oteando el infinito.
Más adelante me perdí en la espesura, con mis pensamientos extraviados en los más fieles clientes de gobiernos y banqueros: los ciudadanos low cost.
Fotografía | Tronchamozas



0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada
Yo escribo, tú lees. Tú escribes, yo respondo. ¡Dialoguemos!