viernes, 18 de noviembre de 2011

El escritor novel, el hombre invisible


Nadie te conoce. Nadie te escucha. Nadie te entiende; ni tú mismo. Trabajas de sol a sol, de lunes a domingo; a veces despierto, casi siempre dormido. Lo haces porque te gusta, porque no tienes más remedio si lo que quieres es triunfar. Triunfar, con esa palabra la pregunta se asoma por la mirilla de la puerta. ¿Triunfar en qué?

Caminas por el angosto bulevar de tu ciudad y eres igual que el resto, un don nadie. Como tú, como yo. Después de miles de horas planificando la historia de tu novela en tus paseos, te pones manos a la obra. Lo haces con tesón, con una autocrítica que te hace ver tus defectos ocultando tus virtudes. Te conviertes, sin quererlo, en tu propio enemigo, en el cabrón al que odias cada día con más fuerza al apagar la luz de tu eclipsado cuarto.

Eres el hombre invisible, un estúpido como otro cualquiera que deambula por la urbe sin que nadie se preste a mirarte a los ojos. Los de mi clase nos conformamos con poco y, fijaros, desde la lejanía echo de menos sentirme inmigrante en un país extranjero. Al menos allí, al calor de un encuentro con un desigual, veías una verdadera conexión en la calle. Aquí, por contra, vamos derechos a nuestro quehacer diario con la mirada clavada en los zapatos, exenta de esa complicidad necesaria en estos tiempos tan desangelados como los de ahora.

La vida de un escritor novel no tiene sentido. En realidad, salvo contadas excepciones, la de ningún escritor la tiene. Por si fuera poco, en este anárquico planeta existen opiniones para todos los gustos. Muy loable pues, a fin de cuentas, en un mundo libre se debe incentivar que, como seres individuales, tengamos la licencia de expresarnos a pecho descubierto. He aquí un ejemplo de esa virtud, el de una escritora que me dejó su particular visión en las redes sociales.

A mí, por ejemplo, me revienta que los escritores noveles cuelguen capítulos sueltos de su novela en un blog "para atraer a los editores", porque es irritante que te enganchen a una historia de la que no sabes si tendrás acceso al resto (como lectora, no me gusta que me hagan perder el tiempo con historias inconclusas; si el resto se publica, vale, pero ¿y si no, que en general es lo más probable?)

Por eso mismo apago la luz cada noche, antes de acostar a mi portátil. Por eso mismo levanto las persianas cada día, antes de desperezarlo con las caricias de mis yemas. Lo admito, juntos mantenemos un romance de amor-odio. Es la muestra de cariño entre tu honra y tu agravio, el polvo salvaje que precede al llanto abatido.

La pregunta vuelve a salir a escena. ¿Triunfar en qué, si puede saberse? En admitir lo que te gusta y tratar por todos los medios de ganarte la vida con ello. En ser honrado, al menos, contigo mismo.

Fotografía | Bitácora del abismo

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