Son, éstos, malos tiempos para la lírica.
El entretenimiento ha cambiado, la manera de hacerlo también. Hace unos años bastaba con bajar de casa e ir al videoclub de la esquina mientras hacíamos palomitas en la sartén, eso sí, con tiempo suficiente para perderte en los largos pasillos de estanterías repletas de cintas VHS. Incluso, los que querían pajearse —a mí me pilló joven, hasta la llegada de los automáticos la fila X se podía mirar pero no tocar— tenían su rincón reservado en el establecimiento, en el que podían alquilar marisco fresco y conejo al ajillo.
Leo hoy una noticia shakespeariana en el periódico: los videoclubs cierran, los piratas ondean su bandera. Estoy de acuerdo, a los románticos como yo el paso de los años nos sienta fatal. Somos un rara avis, avocados a la extinción a causa de la selección natural.
Es gracioso, triste en este caso. Hace unas semanas recibí una visita a casa de dos amigos —dos románticos— que preferían acercarse a Potemkin en busca de películas alternativas antes que bucear por la red. Hoy me entero de que su acorazado ha sido destruido, dañado de forma irreversible. Descanse en paz camarada.
Enseguida salen las voces de los últimos supervivientes, con su única esperanza clavada en la Ley Sinde. Siento comunicarles que no, que es mejor que vayan mirando el problema de frente y no a través de sueños del pasado. Los coches desplazaron a los carruajes, las vitrocerámicas a las cocinas de leña, los Cds a los cassettes, el petróleo al carbón y la electricidad hará lo propio con el petróleo. Los videoclubs mueren —como tantos otros oficios— pero no echemos la culpa a la piratería, ella únicamente es una invitada en un bar de copas regentado por la peor calaña. Aunque no siempre es bienvenido, el progreso, la tecnología, es el don juan de la selección natural. Él es un político, un banquero más al que poco le importa el amor.
El modelo de negocio cambia constantemente y aunque dentro de unos años lloremos cuando las librerías no tengan papel que ofrecer, deberemos aceptarlo. Es ley de vida.
fotografía: diariodenavarra









