Nos quejamos por todo, de todo el mundo. Maldecimos la crisis, a los bancos que nos han llevado a los leones. Injuriamos a esos políticos que desde el poder han dejado que sucediera; insultamos a los que desde la oposición no han movido un dedo porque no ocurriera. Para desquitarnos, montamos una acampada radiante, llena de luz. Sin embargo, olvidamos lo esencial. En nuestra sociedad existe un eclipse de sol constante y nosotros, mientras tanto, miramos para otro lado. No sólo en España, sino en todo el globo.
Buscamos aquí, rastreamos allá. Husmeamos bajo la alfombra, como perros sabuesos, como perros que saben que en caso de recoger el palo con la boca obtendrán una recompensa. Cuánta razón. Encontramos por fin el mando a distancia, aletargado al lado de un triángulo de pizza, y desconectamos. Es irónico; tener que encender un objeto para apagar nuestros pensamientos.
Echamos pestes contra el sistema, que no nos representa decimos, y dejamos de lado lo más importante, también lo más complicado: interiorizar ese odio. Por norma general, el ser humano es bueno, al menos intenta serlo. Sin embargo, se han ido perdiendo valores de comportamiento, inculcando por encima de ellos una inusitada tendencia a luchar contra quien tengamos al lado, como si de un deporte individual se tratara. Por eso, para lavar la conciencia, se nos impulsa a resguardarnos en un deporte colectivo. Eso sí, al salir de entrenar, debemos olvidar todo el compañerismo que hemos absorbido porque nos dicen que en el mundo real no nos sirve, porque debemos convertirnos en alimañas y ser los más fuertes. Mirar por nuestro propio interés. Y así nos va.
Debemos pararnos a pensar un poco en nuestros actos, independientemente de lo que hagan los demás. Estamos en contra del capitalismo pero sólo de boquita, ésa es la realidad. Clamamos al cielo por el alto precio de la vivienda aunque mientras tanto hemos ido especulando, comprando un piso para poderlo vender después al triple de lo que costó. Gritamos no a la guerra, puede que de corazón, pero sin razonar. Ni preguntar. ¿Os habéis cuestionado a dónde va destinado el dinero que ingresáis en el banco? ¿Lo habéis consultado alguna vez en vuestra caja de ahorros?
Después de lanzaros la pregunta, quería hablaros de la banca ética, que nada tiene que ver con la banca cívica que tan bien nos venden en los bancos de toda la vida. Aquí no obtenemos los intereses más altos. ¿Por qué? Porque nuestro dinero va destinado a las causas que nosotros elegimos. Ahí está el quid de la cuestión. Mientras que un banco invierte en las empresas más punteras, creando mayor diferencia entre los ricos y los pobres, porque nosotros mismos les obligamos al querer el interés más alto, y en esas empresas se incluyen las de armamento, en la banca ética escogemos nosotros dónde invertir.
A continuación os dejo con un interesantísimo vídeo de una conferencia en la que se hace hincapié en la importancia de mezclar la conciencia con el dinero si verdaderamente queremos salir de una crisis que existe únicamente porque nuestra economía está basada en el consumo compulsivo. Escuchad atentamente porque realmente merecen la pena este tipo de puntos de vista. Comulgaremos o no con ellos, pero al menos debemos de ser valientes y preguntarnos a nosotros mismos si actuamos según nuestros principios.
Ponente: Juan Mele, Subdirector General de Triodos Bank
Vídeo | Escuela de organización industrial
Fotografía | Embarrados






