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| El afilador en bicicleta, ese sonido tan familiar |
Hay sonidos que se adhieren a tu piel como si fuera tu propio sudor. Conforme pasa el tiempo es muy fácil dejar de escucharlos porque tú te vas alejando poco a poco del barrio donde habitan, del pueblo donde acaban muriendo. Sin embargo, se antoja imposible desprenderte de ellos. No es que sea complicado, es simplemente que la señora nostalgia se asoma a tu puerta y no te ves con fuerzas de dejarla marchar. La cierras con llave, con ella adentro junto con todos tus recuerdos, en ese baúl que va cogiendo más y más polvo en el trastero hasta que llega la hora de hacer limpieza. De ver llover sobre mojado.
Es fácil comprender tus orígenes. Es tan sencillo como mirar hacia arriba, al predispuesto cielo, y preguntarle directamente. Si te caga encima llenándote de mierda, está claro, te lanza una indirecta para buscarte el pan en otro sitio. Es una señal, la de la buena suerte dicen, como cuando te caga una paloma encima y giras 360º por si alguien te ha visto. ¿Acaso miento?
Hay veces en las que no me atrevo a mirar. No lo hago por miedo, por ese mordaz cosquilleo que te incita a volver a tus raíces. Claro que, cuando me da por observar el manto azul, grisáceo más bien allá donde vivo, la triste realidad te golpea en la cara como un boquerón enlatado. Tú giras el cuello porque esperas escuchar tu pasado, porque piensas encontrarte al afilador haciendo sonar su himno subido en su bicicleta. Nada más lejos de la realidad.
Unas notas estridentes cabalgan las nubes a bordo de una descolorida furgoneta. Megáfono en mano, sujeto por los dedos de su techo, despliega la incomprensión en tus sentidos. No sabes a qué atenerte y caes al suelo desubicado al doblarse tus piernas. Sigues con el cuchillo de cocina en la mano, con las primeras (y únicas) tijeras que compró tu abuela, cuando todavía no existía agua caliente ni electricidad, ocultas en el bolsillo. Te sientes como ella, como tu abuela, como un dibujo animado en blanco y negro. Te conviertes en un dibujo desanimado, en un chiste sin hambre ni gracia. Ahhh... las melodías. Qué diferentes son y qué lenguajes más opuestos emplean.
Te he dicho que no impostor, que yo no parlé francé, que no quiero ni tu gofre ni tu helado. Sólo te pido que me consigas la llave que abra la puerta de mi nostalgia.
¡Devuélveme al afilador!
Fotografía | Mashpedia



