Amada mía,
Ha pasado mucho tiempo desde nuestra despedida, más del que quisiera y del que soy capaz de recordar. Tus dedos eran fríos, metálicos, dóciles, sin malicia. Juntos de la mano, paseábamos por las vías del tren para alisar tus cabellos y reducir tu cintura, ¿lo recuerdas?; anudado a tu cuello de cisne, estabas radiante con aquel colgante blanco, con aquella pila alcalina con la que hacías bailar a las peonzas en los irregulares adoquines de nuestra plaza.
A tu lado, la paga del día del Señor, la de los domingos, aunque en mi caso fuera los sábados, daba para invitarte a cenar con un suculento banquete. Las imágenes cobraban vida al rodear tu hombro con mi brazo, en el cine, en la oscuridad propia de un cine iluminado con tu sonrisa, con una bolsa de palomitas dando olor al invierno y los regalices endulzando los dramas de El paciente inglés. Para disfrutar del ocio no hacía falta que te convirtieras en papel, bastaba con invitar a unas cuantas de tus amigas, y así entrar a los teatros de gratis, por mi cara bonita.
Te marchaste cabizbaja, desilusionada con alguien a quien todo le ofreciste. Fui un estúpido; preferí a una mujer despampanante, más joven, que contoneaba sus tacones por media Europa a mis espaldas. Ya ves, ella causó en mí el mismo desengaño que fecundó tu suicidio. Tú hiciste las maletas sin ningún reproche, y ahora entiendo el porqué. No merecía la pena alzar la voz, pues sabías perfectamente que nadie regala duros a pesetas. No lo vi, lamentablemente no lo vi. Así me va, compuesto y sin novia, arruinado en los fangos de las especulaciones y con lejanos mangutas, que antes no decidían por mí, metiendo las manos en mis bolsillos.
Poso mi mirada en alguno de tus retratos y no consigo secar el cauce de mi sincero afecto, en forma de lágrima, con la silueta de alguien que hace años no se atrevió a pedirte una segunda oportunidad. De nada sirven ya mis disculpas; te fallé, falte a tu confianza y acabé echando polvos de alquiler con una moneda con nombre de hombre. Los moteles de carretera han sido la posada de él, del euro, de un don juan venido a menos que a la larga ha demostrado cómo la dieta del cucurucho no basta para robar protagonismo a una barriga de postín.
Donde las dan las toman. Es algo que he aprendido gracias a ti y no lo voy a olvidar, como tampoco voy a olvidar que el tan cacareado estado del bienestar es un derecho y no un privilegio. Me despido con una nueva disculpa, esta vez a santo de no haber perfumado la carta que debí haberte enviado cuando aún me amabas.
Siempre tuyo,
El pueblo.
Fotografía | Blowing Puffer Fish




















