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| La felicidad se ha escondido en el cuarto oscuro de nuestros hogares |
Otear una sonrisa, a las 8 de la mañana de un frío día de invierno, no está bien visto. Miramos a su portador con el escozor propio de la sarna, un picor del demonio que arquea nuestras cejas instintivamente. Lo avista el pirata desde lo alto de un mástil sin barnizar, sin sus palas, con el incisivo de oro tan reluciente como el sudor de su frente. Nos avisa con su bozarrón pregonando a los cuatro vientos, se acerca la peste, nos advierte.
Las excepciones son, precisamente, las camareras que confirman la regla. Su delantal es blanco, con una chorrera a juego y unas medias color pastel. Sus rechonchas mejillas brillan en la oscuridad, iluminan sus atezados ojos y dan vida a unos labios carnosos, los cuales, cobijan en sus aposentos el arma blanca con el que delinquen con total impunidad. Al igual que Precious, contonean su voluminoso trasero con estilo, haciendo de las calles una improvisada pasarela sólo apta para quienes osan burlar a la melancolía.
El hombre blanco, por contra, es huraño. Lo dice la ley. Fuera de esta idiosincrasia, está perdido y, por consiguiente, socialmente excluido; con sol o sin él, sin dinero o con él, en compañía o en soledad. Él no lo sabe, pero está enfermo. Para su desgracia, los médicos no están entrenados para distinguir los síntomas. A fin de cuentas, suficiente tienen con apuntalar sus caras largas antes de que caigan en pedazos contra su propio malhumor.
No hay día en el que los medios de comunicación no cacareen el nombre de pila de la austeridad. La llaman crisis y las mesas redondas acaban cuadradas en unos insulsos debates económicos. ¿Para qué discutir, si quien roba seguirá haciéndolo y quien les vota continuará depositando su confianza en la próxima oportunidad? Es mejor no perder el tiempo. Es lo mejor para todos los borregos del corral.
Hecho en falta una porfía en condiciones, sin contertulios elegidos a dedo y de la misma ideología. Sólo así, llegaremos a un verdadero juicio de valores. Sólo así, nos pondremos en la piel de la mujer sentada en el banquillo de los acusados. Se le imputan diversos crímenes y es tan peligrosa, en estos días, que ni siquiera se atreven a pronunciar su nombre.
Dime, Felicidad, ¿qué puedo hacer para que vuelvas a casa?